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Por más elusivo que parezca a primera vista...
The river that used to be a man (Jan Zabeil, Alemania) remite en última instancia al tópico de la victimización del Otro, sea África o cualquiera de los restantes mundos conceptualizados como “periféricos” por la cosmovisión occidental.
Un actor alemán llega al Congo (nunca se aclaran las razones, lo que igual no importa) y más adelante se embarca en un viaje río arriba por una sabana interminable y ominosa. Cuando el viejo guía muere de repente, el joven se siente perdido y, en un rapto de desesperación, abandona el cadáver en el río.
La tensión se acrecienta durante la segunda mitad del filme, en que tras vagar por un tiempo, el joven llega a una aldea. Allí, por una extraña coincidencia, encuentra al hijo del guía, y juntos regresan al río en busca del anciano, dado que un muerto insepulto supone un ultraje intolerable. Pero es demasiado tarde, y en una escena sobrecogedora, el alma del padre regresa bajo la forma de un animal para llevarse al hijo. Total, que la presencia del joven ha cobrado, siquiera involuntariamente, dos víctimas inocentes.
Ambas mitades del filme (en una disposición deudora de Tropical Malady) encarnan puntos de vista enfrentados: de un lado, el horror del hombre blanco ante el Otro desconocido, y el recurso a la negación (por lo general violenta) como salida a su incapacidad de asumirlo desde una perspectiva racional; del otro, la sublimación de ese mundo en términos de un orden mágico, infinitamente vulnerable, en las antípodas de la objetividad etnográfica o la curiosidad turística.
Todo lo cual viene contado con un desasimiento casi bressoniano, desde una vocación minimalista afín a las elipsis, las atmósferas enrarecidas y la expresividad de los relieves sonoros.








