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Al final, ¿qué empuja a la heroína de Twilight Portrait (Angelina Nikonova, Rusia) a insistir en esa atracción casi patológica, y en principio sin futuro, hacia el policía que la violó? En los orígenes pueden estar el desprecio hacia el perdedor del esposo, o un cierto hastío existencial de su clase (los nuevos ricos de la Rusia poscomunista) que precipita su descenso a un mundo sórdido y violento en busca de emociones fuertes.
Otros se limitarían a invocar el síndrome de Estocolmo, que describe un estado, pero no lo explica. En cualquier caso, el policía se revela tanto o más infeliz que la propia heroína. Es el típico muchacho de buen corazón endurecido por los golpes de la vida (una familia disfuncional, la traición de la amada); quien de inicio la trata como una prostituta y reacciona salvajemente cuando ella insiste en declararle su amor.
En fin, que le toca lidiar con un alma lacerada (sucede, dicho sea de paso, que es trabajadora social). Podrá parecer kitsch, pero la puesta en escena es cualquier cosa menos un tratado de redención: dura, concisa, sombría, desnuda, amoral... Digamos simplemente que se aman, lo han comprendido (ella la primera) y él está dispuesto a seguirla adonde vaya. Y que se van, caminando como dos extraños sin rumbo en el crepúsculo.
Twilight Portrait es la radiografía emocional de un país al borde del vacío.








