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Kotoko, el último film de Shinya Tsukamoto, hace justicia nuevamente a la fascinación del visionario director japonés por las conductas extremas. Como en Tetsuo, el conflicto se erige en torno a la victimización del cuerpo, aunque a diferencia de aquel filme, el agresor en Kotoko es la heroína misma, en lugar de la tecnología y sus promesas de sobrehumana perfección.
Kotoko, madre soltera de un bebé, es la desequilibrada protagonista que lacera su cuerpo compulsivamente a fin de mantenerse lúcida, y así evitar que sus pulsiones destructivas alcancen al pequeño.Primero ella, y luego su amante Tanaka (interpretado por Tsukamoto) sirven a tan peculiar ascesis en plan S/M, reincidiendo en un sangriento ritual que convierte sus cuerpos en una masa informe, surcada de vendas inútiles, casi una broma torpe.
Un filme difícil, concebido como una sofocante letanía apenas pautada por los recesos de extática felicidad entre madre e hijo (incluidas las canciones, tan insólitas como iluminadoras en su más brechtiana acepción).








