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“A Dios sea la gloria” reza al final de los créditos de Fable of the Fish, onceno film de Adolfo Alix Jr., un nombre ya imprescindible en la nómina del joven cine filipino. Hay en la frase un resabio inequívocamente malicioso, toda vez que la película concluye de manera desastrosa.
Alix, como muchos de sus colegas, se mueve a sus anchas en esa zona equívoca donde lo irracional socava y descalifica la mirada documental, premisa de la teleología neorrealista. Otros ya lo habían hecho mucho antes, entre ellos el Buñuel del período mexicano. Y Alix consigue ubicarse a la altura del maestro español en esta historia sobre las paradojas y desencuentros de la fe.
La trama se sitúa en un suburbio miserable de Manila, simbólicamente asentado junto a un vertedero a cielo abierto donde muchos pobladores se ganan la vida. Allí arriban Lina y Miguel, un matrimonio mayor y sin hijos. Y allí, aflorando entre la basura, encuentra Lina la imagen de una virgen grávida. Un signo auspicioso, como se confirma muy pronto cuando Lina queda embarazada. Los problemas, sin embargo, no tardan en sucederse. Comenzando por un parto extraordinario, tan espectacular como la borrascosa inundación que le sirve de trasfondo, en que Lina trae al mundo... un pez.
Lo que no solo provoca el asombro de los vecinos, sino el despliegue de la prensa y el consiguiente alboroto mediático. Pero mientras todos aceptan sin reservas aquel acontecimiento maravilloso, Miguel cuestiona lo sucedido a la luz de la lógica más elemental. A la ciega creencia en la “humanidad” de un pez, al humillado esposo no le queda sino oponer su relación con un gato, más pragmática y racional. Para mayor ironía, esta crisis o derrota de la razón atrae la súbita prosperidad del matrimonio, convirtiendo a Miguelito, el pez-niño, en una suerte de Mesías local, y a Lina y Miguel en una versión moderna de la pareja bíblica de Sara y Abraham.
Hacia el final, previsiblemente, tal parece que el pez-niño ha venido a sembrar la división en el hogar, a tono con su condición mesiánica. No solo Miguel acude ahora al alcohol para sofocar su frustración, sino que en medio de una borrachera encontrará la muerte y atraerá la destrucción de la casa. Si en Milagro en Milán los pobres merecían finalmente el cielo, las llamas que devoran el hogar de la pareja en esta bulliciosa y surrealista Fable of the Fish sugieren tal vez que la pobreza es ontológicamente irredimible, pasto seguro del infierno.









