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Les presentamos una serie de crónicas realizadas por nuestro corresponsal Alberto Ramos de Cuba. Cubrió, para OndaCorta, el Toronto International Festival Film.

Lo que tienen de común estos diez filmes, en su mayoría estrenos absolutos o internacionales en el pasado Festival de Cine de Toronto, es la originalidad, fuerza y coherencia de su propuesta. Tomados en conjunto, representan una alternativa suficientemente heterogénea y excitante (una de tantas posibles) a la infecciosa ubicuidad del mainstream.
Abrir puertas y ventanas, el debut de la argentina Milagros Mumenthaler, sugiere desde su título la idea del cambio, del ancien régime representado por la casa cerrada, y la figura ausente, cada vez más lejana, de la abuela muerta, que gradualmente cede paso a otro orden cuya cifra es la renovación encarnada por las nietas. Son tres, como las hermanas de Chéjov, pero el ambiente nada tiene de la antiheroica resignación y el cansancio finisecular que paralizaba a las doncellas rusas.
La noción de movimiento, de la vida que vuelve luego de una larga temporada a la sombra, está presente a cada paso. Unas se marchan, otras van y vienen, y otras se quedan, sin saber muy bien cómo lidiar con la herencia dejada por la abuela. Rebeldía, indiferencia o sumisión, en cualquier caso las jóvenes dan la espalda a los enigmas del pasado, esas zonas de silencio dejadas por la infancia, para forjar nuevas alianzas, negociar intimidades.
La casa se transfigura y expande, liberando espacios clausurados y dando entrada a nuevas voces. Aunque la tentación de leer el filme en clave metafórica está en el aire, como otra alusión a la emergencia de una post-Argentina abocada a sacudirse de una vez los viejos demonios de un pasado dictatorial, Abrir puertas y ventanas es, en primer término, un atmosférico retrato del fin de la infancia y de la misteriosa disposición del alma femenina para adelantarse a los desafíos del presente, de ese otro tiempo que toca ya a las puertas de las muchachas en flor.









